Alela Diane proviene de Nevada City y el tema de apertura de Who’s keeping time?, nuevo y gozosísimo séptimo álbum, se titula California como signo evidente de ese orgullo californiano y terruñero. Pero también resulta que Diane lleva más de 15 años residiendo en Portland, varios miles de kilómetros al norte en esa misma Costa Oeste, y el espíritu creativo, alternativo y sagaz de esa ciudad, maravilloso epicentro de friquis, empapa también esta colección de 11 retratos íntimos, campestres, sentimentales y caseros. El álbum, de hecho, se registró en el ático de la casa victoriana de la artista, con todos los músicos tocando a la vez y aprovechando las primeras o segundas tomas de las interpretaciones: nada de pinchazos, arreglos, apaños o maquillajes ulteriores.
Esa espontaneidad proporciona un carácter fresco, luminoso y radiante, casi cinematográfico, a esta colección de pequeñas piedras preciosas, canciones que huyen de lo ostentoso pero se nos acaban filtrando por los poros de la memoria. Diane ha sobrepasado las dos décadas de oficio con esa encantadora voz grave y arenosa como banderín de enganche irrenunciable. Y aunque su primera gran mentora fue Joanna Newsom, las referencias que más transpiran en este cancionero apelan a la gran tradición de las cantautoras yanquis con trasfondo campestre: desde Mary Chapin Carpenter a Nanci Giffith, con alguna derivación menor hacia Natalie Merchant o Frazey Ford/The Be Good Tanyas.
Siempre tendió Diane a una cierta gravedad en su escritura, a no disimular el poso turbio y amargo de la tristeza; pero incluso el pintoresco aire cómico de la portada, con esa mesa preparada en mitad de ningún sitio y esa familia de ánades supliendo la inexistente compañía humana, sirve como indicio de que los ánimos apuntan esta vez en otras direcciones. Ventajas de la vida madura, sin duda, que alguna tiene: sin ir más lejos, que los vástagos hayan pegado el estirón y sus progenitores vuelvan a ocuparse más de ellos mismos. Alela mira el mundo que la rodea sin filtros mentirosos, pero también sin urgencias ni angustias, desde la serenidad de quien percibe el sosiego de haber encontrado un camino propio. Endless waltz sirve como despedida a sus abuelos y Spring is a fine time (“La primavera es un buen momento… para morir”, descubrimos en la letra) sirve como homenaje póstumo a la leyenda local del folk Michael Hurley, que falleció en el mismo Portland, a los 83 años, durante la primavera de 2025. Asumir e interiorizar lo inevitable, viene a recetarnos Diane con la misma entereza que la madre soporta las impertinencias de un vástago adolescente en To be kind.
Son, ya lo ven, crónicas meditabundas y profundas, pero sin que los tímpanos tengan que afrontar los chirridos del tormento. Alela encapsula esa filosofía de la sobriedad en unas canciones que apenas admiten la existencia de los estribillos, pero se sirven por sí mismas para volverse hondas y esenciales.