Julia Jacklin acaba de cumplir una década como una de las grandes gemas australianas del pop independiente con ribetes folkies, y este The gem –que toma su nombre de un pub en Melbourne muy propicio, a lo que se ve, para jam sessions y conciertos en pequeño formato– refrenda que esa voz entre perezosa, narcótica y sensual es un valor en imparable trayectoria ascendente. Tras un álbum nervioso y con devaneos orquestales, que ella misma califica ahora como un poco “neurótico” (Pre-Pleasure, 2022), el cuarto trabajo de la muchacha nacida en Sydney representa una evidente vuelta a la raíz, a la esencia de la canción como formato y hasta casi como ideología: son 10 canciones rotundas, directas, doloridas y con diente afilado, aunque dentro del predominio del guitarreo eléctrico y el ronroneo vocal encontremos al final de cada cara dos piezas hermosísimas, Angel vision y I wish, que conectan con la pureza acústica y el gusto por ponerle al escuchante la piel de gallina sin necesidad de grandes despliegues en instrumentación ni decibelios.

The gem se beneficia de ese desparpajo sonoro que propicia grabar en un estudio casi doméstico (Rat Shack, justo en la planta superior de The Gem), entre amigos y con todo el mundo tocando a la vez, un chisporroteo instantáneo que salta a la vista, o al oído, sin necesidad de muchas consultas a los créditos. Es esa espontaneidad la que traza puentes entre influencias más autorales (Sharon van Etten, Fionna Apple) y otras más propensas al arañazo y la herida, como su paisana Courtney Barnett. Y esa urgencia cruda se sustancia ya a las primeras de cambio, con el aire reiterativo y catártico de Brand new, y queda oficializado en cuanto recalamos en dos de los grandes aldabonazos de la colección, el irónico If I had the hand of God y el casi enfurruñado The hardest thing, evidente manifiesto sobre el difícil equilibrio entre amar y, a un tiempo, sentirse libre.

La excelencia de ese sonido más orgánico y predispuesto al pellizco alcanza su cénit con Get away from me (I think I’ll love you son), probablemente el ejemplo más instantáneo y tarareable de la colección, además de otra reflexión sobre los tiras y aflojas en las relaciones. Pero, como decíamos, el alma de cantautora a media voz acaba aflorando en la conmovedora Angel vision, una canción que empieza desde muy abajo y va subiendo, despacio y parsimoniosa, hasta incorporar un contrabajo y una segunda voz lindísimos. Y remata la faena en la página final del disco, I wish, que incorpora las voces de las también australianas The Maes, las hermanas Maggie and Elsie Rigby, para despedir la función con unos adorables juegos de armonías en tres direcciones.

Nada es en particular sesudo durante The gem, pero sí sustancioso y cautivador. Julia Jacklin se reivindica como una joven afianzada en la madurez y con los pies bien apretados contra el suelo. Y la percepción es tan orgánica como si su voz no saliera de los surcos, sino que se nos hubiese personado en el salón de casa.

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