Hay canciones bajo hechuras de ese pop inequívoco de-toda-la-vida pensadas para seducir desde la primera aproximación. Le sucede a Tastes so good, un título (“Sabe tan bien”) que refrenda ese bienestar intuitivo, el empeño de Niall Horan por situarse a no muchos años luz de distancia de Paul McCartney, que bien podría ser su abuelo (se llevan 51 años) pero con el que comparte sangre irlandesa. Todo se andará, y aunque la distancia siga siendo sideral, más aún lo parecía en los años en que Horan ejercía de ídolo adolescente: nadie habría pronosticado una carrera adulta de tanta solvencia, como tampoco lo habríamos hecho ni siquiera en el caso de Harry Styles, el más ilustre de los ex de One Direction.

Si en su día, hace solo un puñado de meses, ya comentábamos la jugada en torno a aquel Kiss all the time. Disco, occasionally, del amigo Styles, hoy hemos de alertar sobre el talento de Horan, que es enorme, aunque esta vez algo intermitente. Dinner party nace a partir de su delicioso corte titular, una canción tan seductora como la propia historia de seducción que relata. En concreto, describe la noche en que Niall conoció, hace seis años, a la que todavía hoy sigue siendo su prometida, Mia Woolley, una profesional de la alta costura. Y fue, cómo no, en una cena en la que coincidieron a través de amigos comunes, sin que nadie les presentase ni pensara que fuesen a hacer tan buenas migas. Pero así es “la fuerza del destino”, que diría aquel.

Y una vez que conoces al amor de tu vida por una auténtica carambola, ¿cómo no volverse un poco hedonista? Algo de eso hay en este cuarto elepé de Horan, un álbum de pop contagioso y con mucha luz. Y con canciones tan inequívocas en esa dirección como Boys are fun: “Sé que no soy bueno con las emociones / y sospecho que ella ya sabe que soy de todo menos perfecto / pero si quieres a alguien a quien puedas llamar a las tantas… entonces los chicos sí que somos divertidos”. Así de ligero, intrascendente y ameno (además de pícaro) se muestra Niall en este corte, muy inspirado –y él lo ha acabado admitiendo– en eso que se llamó yacht pop, ese pop impoluto y ultraelegante que a finales de los setenta que practicaban Steely Dan, Robbie Dupree, Kenny Loggins o los Doobie Brothers de Michael McDonald.

Conste que la felicidad o el bienestar siempre tienen sus matices, y en este caso el último corte del álbum es el más revelador de que nunca todo es perfecto. Se titula End of an era (“El final de una era”) y el mismo Horan detalló en el podcast Off the record que la comenzó como una canción bonita y nostálgica sobre el pasado, pero esperanzada en torno al futuro. Y así iba cobrando forma cuando el 16 de octubre de 2024 le llegó la terrible noticia de que Liam Payne, uno de sus compañeros de One Direction, había fallecido al caer desde un balcón en Buenos Aires. Entonces comprendió que el estribillo que ya tenía escrito podía servir, palabra por palabra, como una premonición sobre la muerte de su amigo.

En este cuarto asalto, puesto que van publicando en paralelo, conste que Styles le gana la partida a Horan, que en términos globales anduvo más fino a la hora de redondear su entrega anterior, la adictiva The show (2023). Pero lo suyo no deja de ser pop finísimo, de factura impecable. Y de ahí la perfección soleada de Monochromatic, perotambién la elegancia extrema que en el modo de balada acústica alcanza Die if I don’t. No tomen a Niall solo por un muchacho guapo y un yerno ideal: este chico vale.

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