La canadiense Charlotte Cornfield se convirtió en mamá hace tres años, nada más poner en circulación su anterior álbum, Could have done anything, que se había ventilado durante seis días trabajando en la más estricta soledad en Nueva York junto al cantante y productor Josh Kaufman, uno de los tres geniecillos al frente de Bonny Light Horseman. Y no deja de resultar llamativo que la maternidad haya inducido a esta (excelente) cantautora de Toronto a rubricar ahora el disco más inequívocamente colaborativo de toda su carrera, como si la necesidad de interacción inherente a la crianza se tradujera de alguna manera a su renovado método de trabajo. Sea como fuere, la hinchada del rock independiente y del americana está de enhorabuena: este sexto elepé de Charlotte, primero para Merge Records, es una barbaridad.
La literatura promocional –aprobada por la propia artista, se supone– apela a las conexiones entre Hurts like hell y su paisano Neil Young en Harvest o al Dylan de los años de Nashville skyline. Podría ser, claro, y nada cabría objetar al respecto: ya ven que la muchacha apunta alto en sus expectativas. Pero estas diez páginas de “dolor infernal” traen mucho antes a la memoria el trabajo de otra mujer fabulosa, Adrianne Lenker, incluso en la manera en que Cornfield repite una y otra vez un solo verso, “Real love, no fantasy”, tal que una letanía, en el primer corte del álbum (Before). Y hay dos detalles que corroboran nuestras sospechas, ya que apuntan de manera directísima al universo de Big Thief: el productor de Hurts like hell, Phil Weinrobe, también ha trabajado con Adrianne, y en el corte que da título al trabajo que hoy nos ocupa se encarga de las segundas voces ese tipo adorable, Buck Meek, que toca la guitarra con los de Brooklyn.
Ahí no acaban las alianzas en este disco que solo da buenas noticias. La ilustre Feist se encarga de las armonías vocales para la adictiva Living with it, y lo divertido es descubrir que ambas artistas se conocieron a través de un chat para mamás artistas que debatían sobre cómo hacer compatibles los cuidados maternofiliales y la vida en la carretera. En la banda acompañante encontramos personalidades como el guitarrista El Kempner (Palehound), Bridget Kearney (de Lake Street Dive) al bajo o, sobre todo, Adam Brisbin (Wilder Maker), responsable de una pedal steel omnipresente y adictiva durante todo el trabajo. Y la estupenda californiana Maia Friedman, a la que hemos escuchado en solitario o como integrante de Dirty Projectors, asume las segundas voces en Kitchen,otro de esos momentos adorables del disco.
Con unos u otros nombres como aliados fijos o circunstanciales, lo cierto es que las 10 canciones de Hurts… desprenden una sensación de intimidad vulnerable, sinceridad a ultranza y confesiones sobre las incertidumbres propias de quien, a sus casi 38 años, se acera inexorablemente al ecuador de la vida. Hay crónicas a media voz sobre esfuerzos, expectativas o sinsabores, con ese trémolo vocal tan característico en Cornfield, tan propicio para simbolizar fragilidades e inseguridades. Hay diversas alusiones a la vida loca como artista musical (Lost leader), en un tono mucho más acongojado o irónico que mitificador. Y queda, en suma, la sensación de que la vida no es sencilla para nadie, tampoco para Charlotte, pero merece mucho la pena como catalizadora de canciones maravillosas.