Nosotros, claro está, no teníamos manera de saberlo, pero resulta que “rigla” es una abreviatura proveniente del término “riglafengje”, una palabra en noruego ¡dialectal! (de la región de Sunnmøre, costa oeste meridional, ya puestos a hilar finos) que significa “tembloroso” o “inestable”. Y es ese mismo equilibrio incierto entre la fragilidad y la fortaleza, pero también entre lo ancestral y lo contemporáneo, lo que mejor define la propuesta sonora de este nuevo sexteto noruego de folk avanzado, una banda de pipiolos provenientes de diferentes conservatorios que se han sacado de la manga uno de los trabajos más hermosos, fascinantes y envolventes que cualquier músico europeo de raíz haya grabado a lo largo de lo que llevamos de año.
Ahora entraremos en más pormenores, pero antes hagan un alto en el camino y busquen con urgencia este Sendebud fra sandkassa (“El mensajero del arenero”) en la plataforma digital que mejor les cuadre. Les esperan casi 40 minutos de asombro permanente.
Los chavales de Rigla abren boca con la mínima Uten ord, una miniatura enigmática, casi fractal, sin movimiento armónico y con las filigranas entrelazadas de las dos voces femeninas principales como argumento fundamental. Para que el sexteto irrumpa al completo en nuestro reproductor (y, ¡cuidado!, en nuestras vidas) hemos de esperar hasta el siguiente corte, Øya mine, en el que el tutti instrumental, con las primeras percusiones de todo el disco, no acontece hasta los 90 segundos. Porque Lova, Lea, Ingrid, Lars, Selma y Linus (dos tercios de alineación femenina: ahí queda el dato) serán genZ, sí, pero les traen al pairo las urgencias tiktokeras. De ahí que no les descubramos en su integridad hasta transcurridos cuatro minutos y medio del disco, casi como en un ejercicio de suspense emocional.
Y sí, créanselo: el efecto es fabuloso.
Cuando operan al completo, las chicas y chicos de Rigla se vuelven más escurridizos a las catalogaciones. El pequeño fele (o violín de Hardanger, el instrumento nacional por antonomasia) alborota a la audiencia con su querencia por los ritmos vivos y bailables, pero la gran revolución sonora la aporta el saxofón de Ingrid Narum, que se adentra en territorios mucho menos trillados en la música tradicional y agrega un regusto jazzístico a la ecuación. De ahí que los desarrollos musicales se vuelvan a menudo inciertos (o “temblorosos”, o “inestables”: recuerden), pero sobre todo emocionantísimos.
No entendemos noruego, por desgracia, porque no hay vida suficiente para tanta lengua ignota, pero podemos entretenernos con traductores en línea y descifrar esos textos de sonoridad tan mágica, misteriosa y hechicera. Hasta en esa faceta nos llevaremos sorpresas: canciones de amor como la que da título al trabajo revelan que Lova Siverts y Lea Hareide Jønnum, cantantes y letristas principales, se quedan a unas cuantas penínsulas de distancia de los tópicos amatorios al uso. Anoten: “Pronto te enviaré algo / me pregunto qué querrás recibir / Y si no llega, te escribiré y te lo enviaré / con una letra que reconozcas”.
¿Unas veinteañeras enamoradizas que escriben cartas a mano en pleno 2026? ¿Cómo no vamos a enamorarnos de estas criaturas? Rigla ha encontrado un lenguaje extraño, recóndito, absorbente. Lindísimo. Compruébese en la parsimoniosa Tåka, que avanza casi a modo de silabeo, pero con unas armonías vocales fabulosas y un violín que interviene lo justo pero solloza a mares. O en la progresiva agitación que va envolviendo Gull i munn (“Oro en la boca”), que bajo su apariencia grácil y danzarina esconde una sátira contra el populismo de derechas y la obsesión por el mercado del petróleo. “Dentro de poco ya no quedará nada por lo que gritar o protestar. Pasará / Eso es, a fin de cuentas, lo que prometen los jefes de Estado / bebiendo el café de la mañana con el oro negro en la boca”.
Pasarán los mediocres, y en los parlamentos hay últimamente demasiados con voz y voto. Pero quedarán los audaces. Quien no cree hoy en los jóvenes es porque aún tiene pendiente descubrir a chavales como Rigla.