Entra dentro de lo posible: quizá la música de Leiva te deje impávido. Cuesta elegir una canción favorita porque un buen puñado de ellas encajan en molde, patrón y hasta costuras. Son impecables en términos de escuela, ejemplares por estructura y desarrollo, y hasta generosas en instrumentación, porque el bueno de José Miguel Conejo Torres se ha encariñado de los metales desde el comienzo de su ya extensa (y fructífera) trayectoria solista. Pero a veces solo cabe colegir que les faltan aristas, arrugas, distingos. Son estrofa, puente y estribillo en todo lo alto; estrofa, puente, estribillo. Etecé, etecé. Cuesta reprocharlas tanto como cuesta encariñarse con ellas. Y ello no es incompatible con pensar que se merece los cuatro llenazos en el Movistar Arena (¡65.000 entradas!) con los que cerraba este miércoles la gira de su Gigante, el álbum quizá más currado y meritorio de su (redundante) discografía.

Tiene este madrileño de finísima estampa el don de enganchar con el receptor, una circunstancia que ya era evidente cuando, en la dulce época de Pereza, una abrumadora mayoría de los éxitos llevaban su rúbrica mientras la de Rubén Pozo quedaba relegada a los consabidos deep cuts, que dirían los anglófonos: esos temas escondidos en el repertorio para deleite de los más cafeteros. “Estamos un miércoles 16.000 personas cantando juntos y eso es lo que importa”, proclamó Leiva tras la primera catarata de grandes éxitos (que son, a estas alturas, virtualmente todos los títulos que maneja), y le asiste toda la razón. Porque es verdad: hay pocas cosas tan hermosas como la sensación de hermandad que genera un concierto, ese fervor colectivo y compartido en un momento que no podrá repetirse, aunque lleguen otros igualmente alentadores.

La música nos hace felices. “¿Sois felices? Yo soy súper feliz ahora mismo”, fue, precisa y literalmente, su segundo y brevísimo parlamento, justo antes de la invitación bailable que encierra Flecha con su tímido deje discotequero. Y alguien capaz de expandir la felicidad, más aún cuando el otoño asoma la patita y al mundo parece tentarle la idea de convertirse en un lugar hostil y antipático, merece todo el aliento cómplice.

Y luego está el componente humano, que tanto cuenta, y más aún después de ese documental, Hasta que me quede sin voz, que el año pasado constituyó un estriptís superlativo, sin miramientos ni tapujos: los pavorosos problemas con las cuerdas vocales, las cirugías recurrentes, las flojeras y debilidades, las adicciones no siempre dentro de un orden. “Más de uno pensará que mañana me voy a una isla de vacaciones, pero mis vacaciones reales consisten en poderme poner malo de la garganta y sin sufrimiento”, reveló a lo largo de un parlamento entre sincericida (un término esclarecedor que él ha popularizado más que ninguna Real Academia) y perturbador. “Probablemente”, prosiguió, “después de la celebración llegue a mi casa y chuparé suelos, fumaré, me pillaré una faringitis gigante. Haré todo lo que no he podido hacer en todo el puto año”.

Sería mejor, querido Miguel, el plan de la isla.

Era el adiós a Gigante y a los cuatro movistars, antes wizinks, de toda la vida palaciosdelosdeportes. Era una noche a la medida de ese último título, por ahora, de su discografía, puesto que Leiva sigue escribiendo y promete, mientras la maltrecha voz responda, nuevas entregas. Y de ahí el estreno de esa canción aún inédita y de título no revelado (los fans avalan la hipótesis de Palomas de Amazon) que este 30 de septiembre volvió a ser coreada en su estribillo, para la posteridad, por miles de gargantas que ya se lo aprendieron a través de las redes sociales, que de vez en cuando hacen magia para bien. Ya se ha comentado su parecido palmario con Suena ABBA cuando enciendes el motor, de Niña Polaca, que incluso han alimentado la sorna al respecto; pero al margen de que la colisión y las suspicacias bien merecerían una entente entre ambas partes, el momento de complicidad y comunión entre el artista y sus fieles fue hermoso. El más emotivo de la velada, una noche más, junto al homenaje al inolvidable amigo Robe con la lectura a pecho descubierto, guitarra y voz, de El hombre pájaro. Una constatación flagrante: Leiva la cantó muy bien, con la garganta en perfecta incandescencia. Y que le dure.

Llegaron Shock y adrenalina, algo más que parecida a Sweet Jane, o la brillante, por descarada y diferente, Cortar por la línea de puntos. Y como sorpresa de fin de curso, la gran variación respecto a las tres noches previas, esa versión del adorable You never can tell (Chuck Berry) por la vía de la adaptación al castellano que Santiago y Luis Auserón rebautizaron como Quién lo iba a suponer en aquel encantador disco de versiones, Las malas lenguas, al que en su día seguramente no se le prestó la atención merecida. Fueron momentos –incluso momentazos– agradecidos, pero nos queda esa gran duda trascendental de por qué Leiva, tan osado y alérgico al pudor a la hora de contarnos sus intimidades menos favorecedoras, tiende a comportarse como un autor timorato cuando coge lápiz, papel y guitarra en los momentos de inspiración. Lápiz, papel, escuadra y cartabón, diríamos: como si a estas alturas del partido, con todo ya demostrado, no se atreviera a probar qué sucede cuando garabatee saliéndose de las líneas de puntos.

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